Hay una forma de entender lo que le pasa a La Rioja sin necesidad de economistas ni de consultoras porteñas que nunca pisaron el interior más profundo del país. Basta con mirar el sueldo de un empleado público riojano, calcular lo que rinde en el mercado, y compararlo con lo que cuesta un kilo de carne, una garrafa, la cuota del colegio, el remedio del mes. El resultado no necesita análisis: necesita nombre. Y el nombre es ajuste. El ajuste de Milei, aplicado con bisturí de clase sobre las provincias que menos pueden defenderse.
El gobernador Quintela anunció que vuelven los Chachos. Los Bonos de Cancelación de Deuda -BOCADE para los que gustan de los eufemismos técnicos- van a circular otra vez para garantizar que el aumento salarial llegue, aunque la Nación se niegue a transferir los 85.000 millones de pesos que la provincia reclamó como adelanto de coparticipación. Nación no respondió favorablemente. Nación no aparece. Nación ajusta, recorta, se lava las manos con el FMI y manda a los gobernadores a inventar la rueda.
Que quede claro, porque hay mucha confusión instalada, mucha mala fe circulando por las redes: los sueldos en La Rioja se siguen pagando. El aguinaldo se paga. Los Chachos, lejos de ser un reemplazo del salario, son el instrumento que permite que el aumento salarial llegue cuando Nación no transfiere lo que corresponde. La diferencia importa y conviene nombrarla: Quintela no dejó al trabajador sin sueldo, ni sin aumento, ni sin aguinaldo. Buscó el instrumento donde otros se encogieron de hombros y no miran a los ojos. Eso merece ser dicho con todas las letras, aunque incomode a los que prefieren la narrativa del gobierno desbordado.
Los Chachos son la tercera emisión de BOCADE en la historia de esta provincia: la primera fue en 1986, en plena hiperinflación; la segunda en 2001, cuando el país entero se rompía en pedazos. La provincia tiene memoria larga. Sabe que cada vez que el modelo central aprieta, hay que encontrar la salida por afuera del sistema que te está ahogando. Los que llaman a esto improvisación nunca tuvieron que pagar sueldos con las arcas vacías por decisión ajena.
Mientras tanto, el mapa del país que Milei prometió ordenar muestra sus verdaderas coordenadas. Diez gobernadores se reunieron hace pocos días y el diagnóstico fue unánime: la situación es crítica. Comercios que cierran, industrias que frenan, pymes que desaparecen, desempleo que crece donde nadie lo mide porque nadie quiere verlo. El interior profundo está pagando el costo de un ajuste diseñado para otros.
El RIGI -el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones- es la otra cara del mismo modelo. Quintela lo rechazó y tiene razón en rechazarlo, porque representa inversión alguna, representa la entrega total a cambio de nada. Es ceder recursos estratégicos durante décadas a capitales extranjeros, con exenciones impositivas que ningún emprendimiento local recibe jamás. El derrame prometido no llega. El empleo prometido no aparece. Lo que aparece es la renta que se va y jamás regresa.
Hay un presidente que trabaja para un círculo minúsculo. Quintela lo dijo con esa claridad brutal que tienen los que gobiernan provincias pobres y no pueden darse el lujo de la eufemia. El modelo libertario concentra la riqueza en el sector financiero y en los exportadores del agro, libera el tipo de cambio para los que tienen dólares y deja a los que cobran en pesos mirando cómo se licúa su salario real mes a mes. La inflación no bajó para el que compra en el almacén de barrio. Bajó en el índice. En la góndola, sigue con fuerza para crecer.
Entonces vuelve el Chacho. Con el rostro de Ángel Vicente Peñaloza estampado en sus billetes, ese caudillo que también peleó contra el poder central, también fue demonizado desde Buenos Aires, también murió lanceado por defender una provincia que el unitarismo quería vacía y obediente. El billete es el destino, es una declaración de principios. La Rioja no se arrodilla. La Rioja improvisa, resiste, ingenia, encuentra la salida lateral cuando la puerta principal está bloqueada desde adentro.
Celebrar los Chachos sería un error. Entenderlos, una obligación. Cada billete con la cara del Chacho Peñaloza que circula en un almacén riojano cuenta la historia de un federalismo que existe en la Constitución pero se evaporó en la práctica, la de una coparticipación que el poder central maneja como si fuera propina.
Quintela lo dijo sin rodeos: tengo dificultades, pero vamos a abonar igual. Pocos gobernadores en el país pueden decir lo mismo con los hechos respaldando las palabras. Mientras el Estado nacional mira para otro lado, La Rioja sale a buscar la herramienta, aunque la herramienta sea imperfecta, aunque duela tener que usarla. No alcanza, claro que no alcanza. Pero en un país donde el hambre creció, donde los jubilados quedaron afuera, donde los chicos que antes comían en el comedor escolar ahora van con la vianda vacía, la dignidad de no soltar al trabajador vale algo. Vale mucho y merece respeto.
El Chacho vuelve porque el hambre no se fue. Eso es lo que hay que recordar cada vez que alguien, desde algún estudio porteño, se ría de la cuasimoneda riojana. El que se ríe nunca esperó el sueldo para pagar el alquiler. El que se ríe nunca calculó si le alcanzaba para la garrafa o para el pan. El que se ríe vive en otro país. Nosotros vivimos en este y en esta provincia federal.
