El INDEC dio a conocer el índice de inflación de mayo, ubicándolo en un 2,1% mensual, con un acumulado del 14,7% en lo que va del año y un 33,2% interanual. Desde las oficinas del Gobierno nacional salieron rápidamente a mostrar estos datos como una victoria definitiva de su plan económico. Sin embargo, cuando se baja de la planilla de Excel a la vida real, la sensación generalizada en La Rioja y en cada rincón de la Argentina es que las cuentas siguen sin cerrar. Una cosa es que los gráficos de Buenos Aires muestren una curva hacia abajo y otra muy distinta es la realidad de ir al supermercado o tener que pagar los servicios básicos.
El problema de fondo es que los precios no bajaron; simplemente suben a un ritmo menor sobre una base que ya era altísima. Para cualquier familia trabajadora de nuestra provincia, la soga sigue estando igual de ajustada en el cuello. Los alquileres, los medicamentos de los jubilados, el boleto de transporte y, sobre todo, la comida de todos los días se llevan el sueldo entero en las primeras semanas. Cuando el bolsillo está tan golpeado por meses de caída del poder adquisitivo, los porcentajes abstractos pierden total sentido. Si la vida cotidiana sigue tensionada y hay que elegir qué pagar y qué recortar, de nada sirve que un informe oficial hable de estabilidad económica.
Ante esta brecha enorme entre el relato macroeconómico del puerto y las necesidades del interior profundo, la gestión del gobernador Ricardo Quintela insiste en poner la mirada sobre la economía real. Mientras Nación le pide más paciencia a la gente mientras festeja estadísticas, la provincia implementa medidas concretas de contención e inyecciones de liquidez local para sostener el consumo y evitar que los comercios de barrio bajen las persianas. La Rioja mantiene una postura clara de igual a igual con su comunidad: el único número que realmente importa validar es el que le permite a una familia llegar a fin de mes con tranquilidad y dignidad.