Una Argentina rota: el arzobispo García Cuerva pone sobre la mesa lo que la política no quiere ver
En la previa de la visita del papa León XIV, la Iglesia habló sin rodeos. El arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, eligió la Peregrinación a Luján para lanzar un diagnóstico que incomoda: la Argentina está herida, dividida y sostenida por una grieta que ningún sector político ha logrado —ni intentado seriamente— cerrar.
El mensaje fue directo y sin eufemismos. Durante su homilía en la misa central de la peregrinación, García Cuerva llamó a “estar más unidos que nunca” y exigió terminar con la intolerancia, la indiferencia y el odio que, según su visión, atraviesan las relaciones sociales del país. No habló en abstracto: mencionó a los abuelos, a las personas con discapacidad, a quienes no tienen trabajo, a quienes duermen en la calle y a los adolescentes atrapados por las drogas.
Una radiografía sin anestesia
El día anterior, en la Catedral Metropolitana, el arzobispo había anticipado el cuadro que, a su juicio, encontrará el Sumo Pontífice al pisar suelo argentino. “Se va a encontrar con una Argentina herida, una Argentina dividida, con esa famosa grieta”, afirmó. Y agregó algo que golpea más que cualquier estadística: recordó que su abuelo le decía de niño que cuando creciera, el país iba a salir adelante. “Yo ya crecí y la Argentina sigue en esa situación”, sentenció.
No es un dato menor que estas palabras lleguen en un contexto de pobreza estructural que persiste con independencia del signo político de cada gestión. García Cuerva lo sabe y lo dijo: hay un porcentaje muy grande de argentinos que la están pasando mal desde hace años. No desde ayer. Desde hace años.
El llamado a construir desde abajo
Frente a ese panorama, el arzobispo no se quedó en la denuncia. Convocó a convertirse en “artesanos de la fraternidad”, a abrazar a quienes piensan distinto y a reconocer que, pese a las diferencias, todos somos parte de una misma comunidad. Pidió a la Virgen que enseñe a perdonar, respetar y dialogar, y reclamó que se abandone la práctica de descalificar al otro como primer reflejo político y social.
El mensaje resuena también en La Rioja, provincia que no escapa al cuadro nacional. La pobreza, la fragmentación y el desgaste del diálogo son realidades concretas que el riojano conoce en su vida cotidiana.
Lo que la Iglesia pone sobre la mesa es aquello que la política evita enunciar con claridad: que ningún proyecto de país es viable si se construye sobre el desprecio al diferente y la indiferencia ante el que sufre. Con la visita papal como telón de fondo, el llamado a la unidad ya está lanzado. La pregunta es si alguien del mundo político tiene la voluntad de escucharlo.
